Lo cortés no quita lo valiente

marzo 2010, No. 147

Por C. P. Leopoldo Velázquez

Estas palabras me las decía mi padre Ramón (q.e.p.d.) cuando yo era joven, pero nunca les presté mucha atención, hasta ahora, que ya estoy entradito en años. Ahora es cuando comprendo su significado, que es muy simple pero difícil de llevar a la práctica, ya que frente a una virtud tan hermosa como la cortesía, se encuentran la soberbia, la envidia, la prepotencia y, sobre todo, el machismo (que aunque va en picada, no acaba de erradicarse).
Ahí tiene casos como cuando un hombre le abre la puerta del auto a su mujercita y, de inmediato, el compadre le pregunta: “¿Qué, compita, ya se deja mandar por su vieja? ¿De cuando acá mi comadre le da órdenes de que le abra la puerta?” ¡Uy!, y no se le ocurra levantar un plato después de comer y llevarlo al fregadero… porque ahí sí empieza lo bueno con sus amigos: “¿Ya viste? Este güey hace cosas que sólo deben hacerlas mujeres. ¿No querrá salir del clóset ahora que está de moda? ¡Capaz que cuando nos vayamos lo pongan a lavar los platos!”
Sabemos bien que en las competencias no hay nada como ganar, independientemente del nivel o del premio que esté de por medio. En el caso de la pluma, el triunfo sabe y se goza igual si se trata de un partido de primera división que logra ganar un Intercontinental o un México vs. USA; que si se trata de un partido, como el suyo o el mío, que anda en los palenques de segunda y tercera división, y gana un derby de mil, dos mil o tres mil pesos la entrada. Hablo de la adrenalina, del nerviosismo, la sensación de tener el triunfo en las manos y perderlo en el último momento; me refiero a de los hombros caídos y la mirada gacha de los perdedores, que contrasta con la sonrisa y los gritos eufóricos de los ganadores, todo eso logra generar la pasión y el amor por este deporte.
Sin embargo, existen formas de celebrar y también de aceptar la derrota, y son tan diversas como distintas son las personas de los partidos, los soltadores o aquellos que solo están apostando al gallo que les gusta. Estamos en plena temporada y hay jugadas por todos lados.

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Acabo de cumplir mis cincuenta y un años de edad y he pasado la mayoría de ellos ligado a los gallos; en este tiempo he aprendido muchas lecciones que me han llevado a tratar de ser un buen jugador de gallos, respetuoso de las reglas y del equipo contrario y, sobre todo, sencillo (como en todo lo que hago en la vida).
Dicen que a nadie nos gusta perder, y así es, en efecto, pero a quienes sólo tengan eso como único lema, les sugiero no dedicarse a los gallos ni a ningún otro deporte, porque los únicos que no pierden son los que no juegan nada.

Estimado lector, como siempre, mi objetivo principal es buscar la manera de contribuir entre todos a que la fiesta de los gallos se aleje de esa imagen negativa que, por desgracia, ha venido creciendo. Lo bueno se pega y eso es lo que debemos buscar para que las generaciones que vienen se inicien en los gallos en un mejor ambiente. Como ejemplo está mi sobrino Cuauhtémoc (nunca perdonaré a mi hermano Antonio el que lo haya “amolado” con ese nombre), quien topa sus “kikirikis” y pinta para ser buen gallero. Cuando le digo a alguno de mis amigos o compañeros de trabajo que me gustan y tengo gallos de combate, de inmediato empiezan a cuestionarme: “Oye, pero es muy peligroso andar en ese ambiente, ¿no?”, “¿es cierto que les dan de comer chile para que se hagan más bravos?”, ¿es verdad que les cortan esa cosita que tienen arriba de la cabeza y las otras dos que les cuelgan debajo del pico y luego se las dan de comer para que tengan más coraje?”, ”¿será que el amarrador le pone veneno a la navaja?”, ¿…que con el anillo de matrimonio le doblan la punta a la navaja para vender la pelea?”… y otro montón de tonterías que sólo me confirman lo distorsionada que está la imagen que tienen quienes son ajenos a los gallos.

Durante el desarrollo de la jugada pueden presentarse infinidad de situaciones, cuyos resultados dependerán de quiénes las protagonicen. Hay varias cosas que pueden generar problemas y que son fáciles de evitar, lo cual contribuiróa a que las peleas de gallos sean una verdadera fiesta y convivencia deportiva, y no sólo un enfrentamiento contra el otro partido o apostador. Recuerden, amigos lectores, los gallos son un juego, un deporte, una fiesta que debemos hacer crecer en aficionados, engrandeciéndola con un comportamiento sano y respetuoso. Así, la competencia no se debe tomar como algo personal: los que pelean son los gallos, no nosotros. Los tiempos de “la muerte del gallero”, “el hijo del gallero” y “la venganza del nieto del gallero” ya se acabaron.
Una regla básica es que, para saber ganar, primero hay que saber perder. En muchas ocasiones y en diferentes deportes, notamos de inmediato quién no sabe perder. Primero, se enoja y culpa de sus fallas a todo el mundo, menos a él mismo. Si juega algún deporte de parejas, el compañero es un “menso” y perdió todos los puntos. Si se trata de fútbol, sus compañeros fallaron los pases que él les puso “nomás para que empujaran el balón a la portería”. Si es un partidito callejero y le están metiendo una goliza, agarra su balón y se va. Si juega canicas, el otro le “longa” mucho o no trae su “tirito”. Y así podríamos seguir con una inmensa lista de pretextos y excusas que el mal perdedor busca para sentirse que tenía todo para ganar, que es el mejor… pero alguien o algo le arrebató la victoria.

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Cuauhtémoc Blanco, haciendo la “cuauhtemiña”.
(foto cortesía de: http://www.esmas.com)

En los gallos, tenemos conductas frecuentes que dejan al descubierto a quienes no van a divertirse, sino que sólo tienen como objetivo ganar dinero y, cuando no lo logran, hacen unos “panchos” que dan pena ajena. ¡Ah!, pero cuando ganan, entonces sí, todo fue por la habilidad y viveza de ellos solitos.

Así podemos calificar a cada personaje según su manera de reaccionar. Ahora veamos, amigo lector, si reconoce a algunos de ellos:

El Valiente
Cuando su gallo pierde, al terminar de desarmarlo, lo azota contra el piso dentro del anillo como muestra de su hombría y de la rabia que tiene contra el animal que jugó mal o que, ya teniéndola ganada, se dejó pegar. Pregunto: ¿qué necesidad hay de esto? Sin embargo, ¡qué gusto da ver a un soltador que, perdida la pelea, toma a su gallo con respeto y se siente orgulloso porque su animal dio lo mejor de sí!

El Sencillito
Que siempre cree que sus gallos perdieron ante “puros gallones” y, de igual manera, está seguro de que sus aves le ganan sólo a “puros gallones”. Sobre este caso, comentaré que en una jugada le dijeron a Álvaro Topete, compadre de mi amigo “Güero” Murillo: “¡Oiga, don Álvaro, qué gallón nos mató!” Y éste, muy a su estilo, respondió: “¿Y cree que el míoera una changa o qué?” Nos cuesta trabajo aceptar que en realidad le ganamos a un gallo de mediana calidad, pero más vergüenza nos da asumir que uno de nuestros ases murió a manos de una “changuita” gira, ceniza y copetona.

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Francisco “El Tirantes” Quiroz, reconocido juez de asiento y el C. P. Leopoldo Velázquez.

El Futbolero
Parece que este sujeto no sabe que se encuentra en un palenque… y no jugando fútbol. Su gallo gana y él se arrodilla en la arena para hacer la “Cuauhtemiña”, o bien, él y sus amigos se ponen a hacer señas que van desde “nos la persignaron” a los típicos “¡yes!” o “¡give me five!” gringos (que, aunque seguramente ignoran lo que significan, se oyen “perrones”). Lo único que logran todas estas muestras de euforia exagerada es molestar innecesariamente al contrario que perdió la pelea, y hacer con ello más pesado el ambiente. Por supuesto que da gusto ganar, y es bueno festejar, pero –insisto– hay formas. Echen porras, hagan la ola, griten: “¡Sí se pudo!”, pero nunca se mofen del contrario. Lo que he visto últimamente en algunas jugadas es que los seguidores de alguno de los partidos aplauden cuando éste gana, lo cual me parece una manera muy sana de festejar.

El Ardilla
Pierde una pelea de 500 pesos y aún no acaba de desamarrar su gallo cuando ya le está diciendo al que le ganó: “Le juego una pelea de cinco mil pesos o la cantidad que usted quiera. Nomás dígame el peso y me arranco por el gallo”. Quizás el otro le conteste: “Oiga, amigo, yo no juego esas cantidades, además sólo traigo los gallos que voy a jugar en el derby y no me interesa jugar una pelea como la que usted me pide”. “¡Ah! Para eso me gustaba”, le dirá el perdedor. “Yo le topo con cualquiera, como quiera y donde quiera…” Y así seguirán. Recuerde que la vida nos da revanchas, si hoy perdimos, seguramente ya habrá otro día en que nos tocará ganar.

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Alfredo Zuazua “El Matador”, C. P. Leopoldo Velázquez y el juez de arena de Juriquilla.

El Alegador
No está contento con nada, se la pasa reclamando tanto al soltador contrario como al juez. “¡Agarra tu gallo y no le jales!”, “¡Que lo ponga en su raya!”, “¡Que no me lo aviente!”, “¡Chécale, juez, que está engolillado!” Este sujeto exige que su contrario suelte a tiempo, pero él no lo hace. Este tipo de soltadores vuelven al público contra el juez de arena, haciéndole más difícil el trabajo al nazareno.

El Asesor
Esta persona no apuesta, pero toma la batuta de asesor del amigo para decirle a qué gallo debe apostar. Si el amigo elige al verde, el asesor comienza: “¿Le fuiste al verde? ¡No, güey, el rojo es un gallón!” Y, para mala fortuna del que apostó, el verde pierde. “¿Qué te dije?”, argumentará, “si yo sé distinguir lo fino, pero no me haces caso”. Por supuesto, en la siguiente pelea, el amigo le juega al gallo que le dice su asesor… y pierde. “¡No, compa, en serio que no la traes contigo! El que te dije era un gallón, pero…”

El Mentiroso
No sé porqué, pero cuando perdemos dinero nos gusta alardear diciendo que fue una cantidad mayor a la real: “¿Qué pasó, cómo le fue anoche en la jugada?” Y éste contesta: “¡Uy, ni le cuento! Perdí como cuatro mil pesos (cuando no fueron ni dos mil). ¡Tan sólo en una pelea me fui con dos mil!” “Oiga, compa, pero no vi ni que agarrara talones…” “No, compadre, lo que pasa es que tengo crédito con la empresa.” “No, pues cómo no le van a dar crédito, si usted juega “refuerte”…

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Enrique Huacuja, titular de “El Mundo de las Jaulas” y el C. P. Leopoldo Velázquez.

El que le atina a todas
La bronca es que no las juega. Creo que esto lo hemos hecho o lo hacemos todos los principiantes. Traigo 500 pesos para jugarlos en un gallo que me llene el ojo, pero no me decido y dejo pasar varias peleas. En cada pelea pienso a cuál le apostaría… y en casi todas le atino. Por fin, me animo a apostar y ¡oh, decepción!… ésa es la única pelea que pierdo en toda la noche. ¿Resultado final? Cinco peleas ganadas en la mente… una perdida, y 500 pesos que se me fueron. Sin embargo, esto no es criticable, al contrario. La ventaja es que nadie se entera de las peleas que pierde.

El Buen Jugador
Así como nos encontramos con personajes como los antes descritos, también existen –para fortuna de este bonito deporte– infinidad de soltadores que da gusto ver: serios, limpios en sus movimientos, que no encaran ni al contrario ni al juez, que se concentran en auxiliar a su gallo sin argucias y aceptan el fallo del juez, guardando la misma postura cuando ganan que cuando pierden. Eso es lo que debemos imitar quienes andamos en las ligas menores.

Asimismo, encontramos personas que juegan y pagan su apuesta, sin importar si se trata de 200 ó 30 mil pesos, y su semblante al pagar es el mismo que cuando reciben el dinero en las peleas que ganan. No cuentan los billetes cuatro veces ni los ponen sobre la base del anillo, acomodados por denominación. (Por cierto, no tengo problema al contar lo que gano o pierdo, pues salgo de mi casa con el monto de la entrada al derby y sólo tres o cuatro billetes de 200 pesos, ya que así no me confundo al definir si son de 200, 500 o mil pesos).

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Mike y Bertha Mitchell, de “Dandy Game Fowl”, Sra. Monica de Velázquez y el C. P. Leopoldo Velázquez, colaborador de Pie de Cría, en el Derby Intercontinental celebrado en Tepatitlán, Jal.

Hablando de buen jugador no puedo dejar de mencionar a mi buen amigo don Paco Corona, del partido “Chuma”, quien ya sea que gane o que pierda, no cambia su manera alegre y sencilla de disfrutar la fiesta (aprovecho este espacio para agradecerle el par de preciosas y finas pollas Radio que me regaló).

Y así podríamos seguir enumerando diversos tipos y estilos de personas que andan en la juerga de los gallos. En lo personal, los gallos me han dado más alegrías que tristezas, más amigos que enemigos (creo, incluso, que no tengo ninguno de estos últimos). Gracias a los gallos conozco a mucha gente: jueces, corredores, soltadores de todos los niveles, hermosas “camoninas”, fabricantes de alimentos, navajas, jaulas, botanas, veterinarios, afiladores, criadores gringos y paisanos, dueños de partidos de todas las divisiones, aficionados y gente picada a la pluma, entre muchas otras cosas que se me escapan. Y, desde luego, gracias a los gallos, aquí tiene usted mis artículos, amable lector.

Como siempre, quiero agradecerles su preferencia. Un saludo muy especial a la Lic. Clara Pérez y a su esposo “El Bigotes”; ella es la primera mujer que me escribe y me da mucho gusto saber que también el género femenino está interesado en la pluma. También agradezco al Dr. Víctor Mora (con gusto escribiré próximamente sobre el tema que me sugiere), a los cuatro amigos del Club Tolteca: Raúl, Juan, Ramón y Daniel; al Lic. Alfonso Sotomayor, a Israel García, Luís Antonio Monjaras y Luís González (¡de Guatemala!) Así como al buen Chava Vargas, mejor conocido como “Chava Navajas”, uno de los mejores afiladores de Guadalajara, a quien deseo que se recupere pronto de las heridas causadas por un gallo bravo que, al soltarlo, le disparó hasta por los “lomos”. Finalmente, recuerden que sus comentarios siempre son bienvenidos y que a todos daré respuesta. Dios mediante, nos escribimos y nos leemos en el próximo número de Pie de Cría, pero será “En la primera de abrir”.

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